Los datos ‘ocultos’ del cambio climático remueven los cimientos de Kioto

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(Expansión).- Su nombre es Steve McIntyre, un prestigioso investigador canadiense que ha logrado echar por tierra uno de los dogmas más asentados de los últimos años sobre la teoría antropogénica del cambio climático -es decir, que la subida de las temperaturas se debe a la actividad humana-. El pasado mes de agosto este científico descubrió un error informático en el complejo registro de temperaturas que recopila el Instituto Goddard (GISS), perteneciente a la NASA.

El fallo no es baladí puesto que, tras las pertinentes correcciones aplicadas por esta entidad, 1998 deja de ser el año de referencia en lo que se refiere a temperaturas registradas en EE.UU. desde el inicio de este tipo de mediciones. Los registros a partir del año 2000 mostraban una temperatura media 0,15 grados superior a la real. El hallazgo de McIntyre ha modificado hasta tal punto la lista de los años más calurosos que, según el nuevo orden del GISS, 1934 figura ahora como el año con temperaturas más altas de la historia reciente de EE.UU. -un salto de 68 años-, cuando la inmensa mayoría de emisiones de CO2 que sufre el planeta en la actualidad aún no se había producido.

Y es que, según la comunidad científica de las Naciones Unidas (ONU), responsable de los informes sobre el calentamiento global (IPCC), la emisión a la atmósfera de este tipo de gases de efecto invernadero (GEI) es, 'probablemente', la causante del temido cambio climático. De hecho, en el top 10 de los récords de temperaturas registradas en EE.UU. figuran cinco fechas previas a la Segunda Guerra Mundial.

El tercer año más caluroso a nivel nacional, tras 1998, fue 1921, quedando 2006 en cuarto lugar. Tres de los cinco años con temperaturas más elevadas acontecieron antes de 1940. Incluso años recientes, como 2000, 2002 ó 2004 quedan por debajo del registro alcanzado en 1900. Sin embargo, si nos basamos en lo que afirman los Gobiernos adheridos al Protocolo de Kioto, dichos años deberían estar en teoría más expuestos a los efectos no deseados del CO2 sobre el clima.

En este sentido, según datos del Environmental Protection Agency de EE.UU., la emisión de gases de efecto invernadero han experimentado un crecimiento del 1,6% desde 2000 a 2004, mientras que el CO2 ha aumentado algo más de un 2% durante ese mismo periodo. Por el contrario, la UE-15 ha incrementado la emisión de CO2 a la atmósfera en un 4,4%, según los últimos datos publicados por Eurostat. Por su parte, España ha elevado un 15,3% su volumen de emisiones durante esa etapa.

Y es que EE.UU., a diferencia de la mayoría de los países europeos adscritos al protocolo de Kioto, sigue un modelo para la reducción de emisiones radicalmente opuesto: el Asia-Pacific Partnership On Clean Development and Climate, un acuerdo internacional para incrementar la eficiencia energética sobre la base de nuevas tecnologías. Incluso un avance de estadísticas de la ONU recogido por The Washington Post, indica que EE.UU. redujo un 1,3% su volumen de CO2 el pasado año respecto a 2005. Y ello, sin necesidad de firmar el Protocolo de Kioto.

Las emisiones se ralentizan


En 2006, las emisiones de CO2 crecieron algo menos de la mitad que en 2003. Así lo asegura el último estudio del Centro de Análisis de la Información sobre dióxido de carbono (Cdiac) dependiente del Departamento de Energía de EE.UU. Esta dato no es una casualidad, sino que refleja una tendencia de ralentización del crecimiento de las emisiones globales. Según este organismo, entre 2003 y 2006 la evolución de este aumento ha sido del 5,4%, 4,7%, 3,3% y 2,6%.

Una cuestión de coste económico


Según el último estudio de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, será necesario invertir cerca de 200.000 millones de dólares anuales para poder mantener en 2030 los actuales niveles de emisión de gases de efecto invernadero.

El famoso informe Stern, encargado por el Gobierno británico, estimó que para mitigar los efectos del cambio climático se precisaría una inversión equivalente al 1% del PIB mundial, frente al elevado coste económico que supondría no hacer nada al respecto (20% del PIB global). Sin embargo, en esta materia existen opiniones diversas. El economista de la Universidad de Yale William Nordhaus, uno de los principales expertos en economía sobre el cambio climático, ha desarrollado un modelo de cálculo (DICE-2007) basado en las propuestas de Stern.

Así, según Nordhaus, una reducción drástica de las emisiones de CO2 supondría, a medio plazo, un ahorro económico cercano a los 12 billones de dólares, pero la puesta en práctica de tales medidas implicaría un coste de casi 34 billones. Con ello, el coste de aplicar reducciones drásticas de CO2 superaría en gran medida el supuesto daño que ocasiona el cambio climático.

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